La geopolítica global está en un punto de ebullición. Apenas dos semanas antes de la cumbre de Beijing, el presidente Donald Trump ha lanzado una medida arriesgada: condicionar el diálogo comercial a que China intervenga militarmente en el Estrecho de Ormuz. Sin embargo, lo que Washington presenta como una «responsabilidad compartida», desde la perspectiva de la potencia asiática, se percibe como una trampa estratégica en la que no tienen necesidad de participar.
El petróleo como arma y escudo
El bloqueo iraní del Estrecho de Ormuz ha asfixiado los suministros mundiales, pero el impacto no es simétrico. Mientras Trump enfrenta una creciente presión interna por los aumentos de combustible, Xi Jinping observa la crisis desde una posición de relativa calma. Durante la última década, China no sólo ha acumulado reservas estratégicas de petróleo crudo, sino que también ha diversificado sus fuentes de importación y ha liderado la transición hacia la energía limpia. Este “escudo energético” da a Beijing un margen de maniobra que los aliados occidentales de Estados Unidos simplemente no poseen.
Una petición extraordinaria
La petición de Trump es, cuanto menos, inusual. Exigir que China arriesgue activos militares en un conflicto iniciado por Washington contra un aliado estratégico como Irán parece más un gesto de desesperación que una táctica de negociación sensata. Además, la decisión de Irán de aceptar el yuan chino para el comercio de petróleo crudo fortalece la posición de Beijing, permitiéndole eludir el sistema financiero dominado por el dólar.
El declive del “club” arancelario
La capacidad de presión de la Casa Blanca ha sufrido una importante erosión. Tras el fallo de la Corte Suprema que limitó la autoridad de Trump para imponer aranceles unilaterales, su caja de herramientas para castigar a China está agotada. Por el contrario, China se proyecta como el mediador indispensable en el Sur Global, después de haber facilitado el histórico acercamiento entre Irán y Arabia Saudita en 2023.
En este escenario, la alegría—o Schadenfreude– en los círculos políticos de Beijing es evidente. China sabe que el tiempo está de su lado. Mientras Estados Unidos busca desesperadamente estabilizar los precios del gas antes de que la economía se descarrile, China puede darse el lujo de esperar, observar y, sobre todo, cobrar un alto precio por cualquier gesto de cooperación.